jueves, 12 de marzo de 2015

Amor amargo.

Fue amor al primer mordisco, yo lo sentí, sí el chocolate pudiera sentir él lo sabría también. Tenia 6 años, lo recuerdo bien, una tarde soleada de esas que suelen aparecer en cada recuerdo de infancia, donde de la mano de mi abuela probé por primera vez el chocolate amargo. Extraño ¿No? del chocolate amargo salió la experiencia más dulce, como esos pequeños chistes privados que el destino te pone a lo largo de tu vida para demostrarte que de esa experiencia horrible sale algo dulce. Quizás fue el hecho de que no me lo esperaba, ese sabor amargo con esencia a tierra antigua en mi boca que vino seguido de la más dulce experiencia. Quizás fue por la experiencia distinta de no sentir una vez más el sabor dulzón del chocolate comercial que se vende en cada esquina, como ese viejo amor que entra en tu vida una y otra vez solo para dejarte el mismo sabor empalagoso en los labios. Quizás, solo quizás no era el chocolate, no era la tarde en sepia, no era yo. Era el recuerdo de mi abuela y su mano sosteniendo la mía mientras con una sonrisa dulce, de esas que solo tienen las abuelas, me daba a probar el que sería el amor de mi vida por el resto de mis días